Cobardes

Seis años, una lámpara, un gato y dos infidelidades a la vez. Lo difícil nunca fue dejarlo. Lo difícil era decirlo.

No soy el más indicado para hablar de fidelidad, y prefiero decirlo yo antes de que lo pienses tú, porque he tenido relaciones que empezaron un martes y se apagaron el jueves siguiente sin que a nadie le diera tiempo a ponerles nombre, y porque la palabra compromiso me ha sonado durante media vida a letra pequeña de un contrato que firmas rezando por no tener que leerlo nunca. Pero hay una cosa que sí he hecho siempre, y es la única que me da algo de derecho a escribir esto: cuando algo se me ha muerto en las manos, lo he dicho. Tarde, mal, con la delicadeza de un carro de la compra bajando una cuesta, pero lo he dicho.

Luego está mi otro problema, que es más antiguo y menos elegante: la gente me cuenta cosas. No sé qué cara pongo, no sé si es la barba, si es que me quedo callado más rato del que la conversación pide o si es que sirvo cervezas con vocación de barra de bar, pero a mí en las fiestas siempre me acaba tocando el rincón de la terraza y el turno de confesiones. Yo no pregunto.

Ese es todo mi mérito.

Álvaro y Nerea llevaban seis años juntos (los nombres son inventados, la noche no). Seis años, un pisito con una lámpara de Ikea que costó una discusión de tres días, un gato con nombre de personaje de Netflix y esa foto de septiembre en la playa con el filtro que te deja la piel de anuncio de crema. Eran, y esto lo digo sin ninguna ironía, la pareja que el resto usábamos como prueba de que la cosa se podía hacer bien. Cuando alguien del grupo se hundía en su enésima ruina sentimental, siempre había un imbécil (yo, muchas veces) que soltaba el «hombre, mira Álvaro y Nerea». Los pobres cargaban con el peso de ser el ejemplo y nadie les preguntó nunca si querían el puesto.

La primera confesión llegó en agosto, en el cumpleaños de un amigo, en una terraza en la que hacían treinta y dos grados a la una de la mañana. Nerea salió a fumar y yo salí detrás con dos botellines porque el salón olía a discurso de cuñado. Estuvimos tres minutos hablando del calor, de lo cara que está la fruta y de otras cosas que a ninguno de los dos nos importaban, hasta que le dio una calada larguísima al cigarrito y se quedó mirando la brasa como si la respuesta estuviera ahí dentro.

—Llevo cuatro meses viéndome con uno del trabajo.

Y yo, que en ese momento tenía en la mano una Voll Damm y ni una sola idea decente en la cabeza, hice lo que hace todo el mundo: preguntar lo que menos importaba.

—¿Álvaro lo sabe?

—No.

Se rio. No de las de reírse, de las otras. No entendí una mierda, otra gente es infiel, pero a ella la conozco, cómo podía hacer algo así, no lo podía asimilar. Pero me contestó una frase que llevo tres años sin poder quitarme de encima: «¿Y qué le digo? ¿Que ya no? ¿Seis años para presentarme en el salón y decirle que ya no?». Le pareció más limpio, más llevadero y hasta más piadoso montarse una vida paralela en horario de oficina que sentarse en su propio sofá veinte minutos y pronunciar cinco palabras.

Tres semanas después le llevaba yo a él en coche de vuelta de una boda. Autovía, las tres de la mañana, la radio puesta en una emisora que solo ponía canciones que ya habían fracasado en su día. Álvaro se pasó veinte kilómetros mirando por la ventanilla, y cuando entramos en la circunvalación me dijo que tenía que contarme algo que no le había contado a nadie.

—Hay una chica.

Te juro por lo que quieras que me lo dijo con la misma voz que ella. La misma. Como si los dos hubieran ensayado el mismo guion en habitaciones separadas, con el mismo profesor de teatro y la misma pausa antes del sustantivo.

Los dos. A la vez. Cada uno convencido de ser el único monstruo de la película.

Y ahí es donde lo entendí, y donde me dieron ganas de estrellar el coche contra el quitamiedos por lo estúpidamente sencillo que era. Ninguno de los dos quería dejar al otro. Lo que ninguno de los dos quería era la tarde. La tarde incómoda, la caja de cartón, el reparto de amigos como si fueran cromos, la llamada a la madre de él que la quería a ella como a una hija, la cara del otro cuando la frase ya está dicha y no hay manera humana de meterla otra vez dentro de la boca. Eso era lo caro. Así que hicieron el cálculo que hacemos todos y que ninguno reconoce: mentir salía más barato. Mentir se paga a plazos, con la tarjeta de otro y sin intereses aparentes. Cortar se paga al contado y delante de un testigo.

Con la diferencia, claro, de que ninguno de los dos estaba pagando su propia factura. La estaba pagando el que dormía al lado.

Los últimos meses fueron feos. Adelgazaron los dos. Discutían por el volumen de la tele, por unas llaves, por quién había dejado el cargador en el salón, por cualquier cosa que no fuera la única cosa. Yo iba a las cenas, me sentaba entre ellos, veía a Nerea mirar el móvil boca abajo sobre la mesa y veía a Álvaro fingir que no lo veía, para irse al baño a hacer lo mismo, mientras yo me tomaba mi vino a sorbos pequeños como quien va sirviendo copas en un velatorio. Lo dejaron en marzo, por una discusión sobre el coche. Sobre el coche. Seis años, una lámpara, un gato, y el motivo oficial es un Seat León del dos mil quince.

Hace un año me tomé un café con ella. Me contó que estaba bien, que se había mudado, que el del trabajo duró exactamente lo que duran esas cosas cuando dejan de ser prohibidas y pasan a ser un lunes. Y luego dejó la taza, me miró con la cara de quien ya sabe la respuesta y solo quiere oírla en voz alta, y me preguntó si yo sabía algo.

Le dije que no.

Volvieron. Porque poner los cuernos casi nunca es dejar de querer a alguien, eso lo entiende cualquiera y no tiene ningún misterio. Poner los cuernos es querer que se acabe sin ser tú quien lo acaba. Es dejarse la puerta abierta a ver si entra un huracán y hace el trabajo sucio por ti, es esperar que te pillen para no tener que confesar, es firmar la rendición y mandarla por correo ordinario para no ver la cara del que la abre. Y joder, ya sé que romper duele. Pero duele una tarde. Lo otro les duró ocho meses y se llevó por delante todo lo bueno que tenían, que era mucho, que era muchísimo, que era todo eso que las personas van buscando como pollo sin cabeza por calles, aplicaciones, discotecas y cuando lo encuentran el tiempo hace que les dé flojera regarlo para que siga creciendo.

Y lo entiendo, entiendo de veras que el amor se puede acabar, pero si en algún mísero segundo has querido algo a esa persona, por lo menos le debes eso, decirle esas malditas palabras. 

Así que ahí estábamos los tres. Ella sin decir la frase, él sin decir la frase.

Y yo en medio de dos putos cobardes en una cafetería de l’Eixample.

Jack Gable
Jack Gable
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2 comentarios

  1. Te he descubierto hace poco, y llevo unos días leyendo tus entradas, una muy grata sorpresa, pero esta entrada, la tenia que comentar, yo estuve en la misma situación. Es horrible. Aunque yo soy bastante peor para guardar secretos 🙂

    • A mi personalmente no me importa guardar secretos, lo que me enfurece es que te hagan complice de guardar la hipocresía y la cobardía. Simplemente te dan las bolsas para que lleves el resto de la compra, pareciendo que no les importa darte a ti esa carga mientras a ellos les pese menos.

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