Basta de gurús de turno vomitándole al sexo contrario cómo tiene que comportarse, que se deben permitir sentir. Hoy vamos a lo real. Os traigo El día de ella, un relato corto sobre el estrés, las prisas y lo que realmente pasa por la cabeza de una chica antes de una cita. Sin filtros. Y atentos, porque en la próxima entrada nos tocara pasear por la cabeza de él.

El día empezó con rayos de sol en sus labios. Eso la molestó. Dejó caer su brazo a la derecha esperando encontrar algo, pero decidió negociar con la cama cinco minutos; cinco que se convirtieron en veinte (más los intereses). Y, por supuesto, inició la coreografía matutina de su alocada rutina.

—¡Maldita sea! ¡Llego tarde!

Una tostada integral con mermelada era lo más rápido. O lo habría sido si no se le hubiese quemado mientras se vestía. Puso otra mientras exprimía un zumo de naranja que tardó más en hacerse que en ser engullido. Sacó la rebanada de pan de molde, untó la mantequilla con la destreza de un samurái experimentado, dejó caer una buena cucharada de mermelada y la restregó como si pintase un cuadro abstracto. Tostada en la boca, llaves, móvil, bolso… ¡Vamos!

Llegó al trabajo y ahí estaba Alberto. Era un encanto; la esperaba de nuevo con un encuentro “casual” en la máquina de café para invitarla y preguntarle qué tal ayer.

¡Gracias, Albertito! ¡Muy estresada! ¿Tú qué tal? ¿Llego muy tarde? —respondió hábilmente intentando no detenerse.

¡Tranquila, solo un poco! ¡Luego nos vemos! —le gritó Alberto al ver que ella ya le sacaba muchos metros de ventaja.

Era comercial. Se le daba muy bien y, además, le gustaba. Estaba siempre en contacto con gente, para lo que tenía un don. La comida era gratis (y rica), tenía sus ratitos de descanso y le daban un extra para ropa. El problema eran los obligatorios zapatos de tacón: incómodos en proporción directa a lo preciosos que eran.

Miraba el móvil de vez en cuando. A la hora de comer, le lanzó un par de miradas a la pantalla que hubiesen partido el iPhone por la mitad si matasen. Por suerte, Alberto y sus compañeros estaban ahí para amenizar la comida y criticar al jefe, a la chica nueva que se incorporó esa semana por enchufe y al encargado de los horarios de verano.

«¡Holiii! ¡Aún no me has dicho dónde vamos a ir luego! ¿Una pista?». Clic. Mensaje enviado.

No respondía. Qué rabia le daba. Además, después de trabajar tenía que hacer cuatro millones de cosas; era un día complicado, se le había juntado todo: recoger el vestido de la tintorería, gimnasio, quedar con Nuria para tomar un café…Brrr, brrr. Vibró el móvil.

«¡Holiii! No» —decía el mensaje.

Imbécil. Te has pasado poniendo tantas “i”; sin ellas el mensaje sería más corto. ¡Qué rabia! No soltó ninguna pista y fue demasiado breve. Estaba impaciente. Solo confirmó que habían quedado a las 20:30 en la puerta de su casa.

El cuarto era un caos de vestidos, conjuntos, camisas, shorts, tejanos, tacones y bambas. Solo tenía claro el pintalabios: de un color rojo beso con alevosía. Lo demás acabaría desterrado a la lista de cosas que ordenar “después”. Finalmente, se decidió por ese vestido negro ajustado que más de una alegría le había dado. Al verse en el espejo confirmó que era normal que funcionase: estaba hecho a su medida, ceñido a sus delicadas y peligrosas curvas. Estaba fabricado para ella, y ambos lo sabían.

Habían quedado hacía diez minutos y él aún no había llegado. Qué poca puntualidad. Le daba rabia, aunque por otra parte le parecía bien porque a ella aún le faltaban quince minutos por lo menos y no encontraba el secador. ¡Maldita sea!

Ya estaba lista y él aún no daba señales de vida. “Cuando lo vea lo voy a…”

¡Ding, dong! —sonó el timbre.

Bajó las escaleras con la más absoluta y aparente calma. Al salir del vetusto portal ya tenía pensadas las tres mil pullitas sin maldad que le soltaría por llegar tarde. Le gustaba, o no, no lo sabía… o sí, pero no quería admitirlo. Aun así, la bronca se la iba a llevar, ya podía estar bien el sitio donde iban. Y así se lo dijo cuando estuvieron cara a cara.

¿Qué tal el día? —dijo ella, intentando parecer severa.

Pero él se acercó, levantó la mano para acariciarla y apartó el pelo que le impedía dibujar con su dedo esos labios, como si fuese el autor de los mismos. Sus bocas se entreabrieron, tocándose una y otra vez en uno de los mejores rituales existentes, en una erótica competición por ver quién se ganaba el título de más lascivo.

Ella se separó un momento para coger aire y soltó un desbocado gemido al notar cómo la mano de él viajaba por su vestido, anhelando tocar su piel. Llegó a la bien escondida cremallera trasera, donde liberó aquel pecado hecho mujer de la prisión de su vestido negro. No tardaron en volver a unir sus labios, esta vez en un beso profundo y lento, saboreándose, hasta que él se detuvo despacio y, en un cruce de miradas encendidas, sentenció:

Ahora bien.—y el resto de mundo les importó una mierda.

ByJG


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