Basta de suposiciones y de manuales baratos sobre la psicología masculina. Si en la entrada anterior nos colamos en el caos de ella, hoy nos toca bajar al barro y ponernos en sus botas negras. Os traigo El día de él, la otra cara de la moneda sin filtros ni decorados. Un relato corto sobre la lucha interna entre la lógica y el deseo, las reuniones de trajes vacíos y ese momento exacto en el que el mundo se apaga porque las palabras, sencillamente, sobran. ¿Realmente son tan simples como os han contado? Vamos a comprobarlo.

El despertador no le sorprendió, aunque lo maldijo igual. Gracias a su implacable reloj interno, se levantó dos minutos antes de que sonara la alarma. Ese pequeño margen sentenció a muerte los fantásticos diez minutos de sueño extra que pensaba negociar.

Tras la puesta a punto inicial, su cabeza demandó la ración matutina de cafeína: café de doble carga y muy corto. Sin eso, su cerebro se negaba a enviar órdenes al resto del cuerpo. No tuvo más remedio que aceptar el trato y dirigirse al veterano bar de siempre.

—¡Hola, cariño! ¿Lo de siempre? —dijo alegremente la camarera.
—¿Qué haría yo sin ti? Cómo me conoces.—respondió él, dirigiéndose a su rincón favorito de la barra para organizar el día.

Preparar la jornada era uno de esos inapreciables placeres de la vida. Sinceramente, no parecía muy complicado: apenas tenía una reunión que no se tendría que alargar más de una hora. Detestaba las reuniones con esos trajes caros que dentro llevan personas vacías, a juego con su nula empatía por todo aquello que ven por debajo de sus hombros; después de eso, podría ponerse con el trabajo útil.

La parte buena fue que esta vez no tuvo que hablar prácticamente; la parte mala, que fue más aburrida de lo habitual. Aunque siempre encontraba la manera de divertirse a costa de la pobre Teresa, una mujer mayor cascarrabias, de entre los noventa y la muerte, que se resiste a jubilarse. Eran muchas las bromas a costa de ella; a veces crueles, otras, se las merecía.

—Bueno, si no me necesitáis más, voy a invertir mi tiempo en algo más productivo, como la siguiente reunión con la nueva comercial de telefonía —sentenció mientras recogía su MacBook y su móvil.
—Vaya, estabas tardando. Casi pierdo la apuesta —le masculló su compañero en petit comité.

La siguiente tarea esperaba en la sala de juntas: Laura. Cabellos de un rubio intenso, ojos bañados en el azul del cielo con un chorrito de mirada decidida, dos gotitas de amabilidad interesada y una media sonrisa pícara que combinaba perfectamente con su vestido oscuro de elegante femme fatale. “Veamos si coincide el interior con el exterior”, pensó, “pero aventuro una batalla dura”.

Prrrt. Le avisó el móvil de un nuevo mensaje mientras se le acercaba la reunión disfrazada de mujer para decirle: —Buenos días, debes ser Jack. Por fin puedo ponerte rostro —dijo ella tras presentarse, mientras cortésmente ofrecía su mano.

No tenía por costumbre dar la mano al saludar a una chica, así que correspondió al saludo pero, al estrechar su mano, se inclinó para saludarla con dos besos. Mientras Laura empezó a disparar su verborrea de comercial, aprovechando que estaba en piloto automático, él leyó el mensaje:

«¡Holiii! ¡Aún no me has dicho dónde vamos a ir luego! ¿Una pista?». “Cómo odio los ‘holiii'”, pensó él.

—Como comprenderás por la gráfica, nuestro servicio de 4G es de los mejores… —continuó Laura.
—Disculpa, sois los terceros —la cortó él con frialdad, mostrándole una gráfica de cobertura real que desmontaba su discurso—. No me hagas perder el tiempo.

Laura frunció el ceño intentando disimular su descontento. Era buena; lo hizo de manera muy sutil y sorprendentemente coqueta. Seguro que eso le funcionaba a menudo. Hoy no.

«¡Holiii! No», contestó al fin al mensaje.

Llegó el momento de recorrer las ancestrales calles de Barcelona serpenteando el camino a casa. La caravana a esas horas era insoportable y no iba a llegar a la hora, pero… “Música, menos mal que estás tú”.

Al llegar a casa, no le costó nada decidir qué ropa ponerse: unos tejanos quebrados por la rodilla izquierda, sus queridas botas negras y su camiseta blanca. Directo.

Cogió la chaqueta y ya estaba listo. Se encaminó de nuevo al coche y se dirigió a casa de ella.

Ding-dong. Pulsó el timbre. Mientras esperaba a que ella bajara, los demonios internos empezaron a hablar: “No debo seguir viéndola. Se me va a escapar de las manos. Ya lo he pospuesto demasiado y al final me ganará el pulso. Cuando abra la puerta le diré que no quiero verla más”.

—¿Por qué no lo has hecho antes? —se preguntó a sí mismo.

Tiene un físico que desafía las leyes de la ciencia, sí. Y hay una química eléctrica en la cama. Pero no era solo deseo. Es inteligente, pícara, de respuesta rápida. Podían pasar horas haciendo que las palabras bailaran sobre cualquier tema. Admiración, quizás.

“¡Maldita sea! No tengo ni la más remota idea de por qué estoy de nuevo aquí, en su puerta, pero tengo que acabar con esto hoy y…”.

Ella abrió la puerta y el mundo… se esfumó.

—¿Qué tal el día? —dijo ella, intentando parecer severa. Y en ese instante, él supo exactamente por qué estaba allí.

Se acercó, levantó la mano para acariciarla y apartó el pelo que le impedía dibujar con su dedo esos labios, como si fuera el autor de los mismos. Sus bocas se entreabrieron, tocándose una y otra vez en ese exquisito ritual competitivo por ver quién echó más de menos los besos del otro.

Ella se separó un segundo para coger aire, soltando una aspiración desbocada al sentir cómo la mano de él viajaba por su vestido, anhelando la piel. Al llegar a la cremallera trasera, liberó a aquel pecado hecho mujer de su prisión de seda negra. Volvieron a unirse en un beso profundo, lento, saboreándose, hasta que él se detuvo y, con una mirada encendida, sentenció:

—Ahora bien.

El mundo volvió a notarse, pero les importó una mierda.

ByJG


Descubre más desde By Jack Gable

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.