Me pones… la alarma

Una amiga puso la alarma como quien asegura un perímetro. Y la apagó ella misma, medio sonámbula, sin enterarse. Ahí me di cuenta de lo que puede perder uno durmiendo solo.

El otro día Pamela me contó que se había quedado dormida, y lo dijo con esa mezcla de vergüenza y de indignación que solo tiene la gente que lo hizo todo bien y aun así perdió. Porque ella lo hizo todo bien, que conste. Puso la alarma la noche antes, la revisó, la volvió a revisar, comprobó el volumen, comprobó la batería, comprobó que era día laborable y no domingo, y se durmió con la tranquilidad del que ha dejado el perímetro asegurado. A prueba de despistes, de imprevistos y de meteoritos (bueno, esto último igual me lo estoy inventando yo).

Y a la hora exacta, medio sonámbula, alargó el brazo y la apagó.

No la pospuso. La apagó. Con una precisión de francotiradora que ya quisiera tener despierta, hizo el único gesto capaz de tirar por tierra las doce horas de previsión anteriores, y volvió a dormirse tan tranquila. Y el problema no fue la alarma, que cumplió con su parte del contrato. El problema es que en esa habitación no había nadie más. Nadie que se girara a los dos minutos, nadie que abriera un ojo y preguntara con voz pastosa si eso que acababa de sonar era suyo o tuyo, nadie a quien le tocara la mitad del marrón de estar despierto a esas horas.

Me reí, claro que me reí, soy un caballero pero no un santo. Y después me callé, porque yo de esto no puedo dar lecciones a nadie.

No soy ni de lejos el prototipo de hombre madrugador, disciplinado y con la cama hecha antes de las ocho. Llevo mucho tiempo levantándome solo y he desarrollado en ese tiempo una relación con mi despertador que un psicólogo describiría como tóxica y yo describiría como estable. Nos conocemos. Sabe lo que voy a hacer antes de que lo haga. Suena, alargo la mano, y empieza el asedio.

Porque levantarse solo tiene sus ventajas, y no soy tan cínico como para negarlas. Nadie te discute la hora. Nadie te dice que has puesto la alarma demasiado pronto ni te recuerda que ayer dijiste que hoy ibas a salir a correr. El baño es tuyo entero, el silencio es tuyo entero, y puedes pasarte cuarenta minutos deambulando por casa como un fantasma con calzoncillos sin dar explicaciones a un ser humano. Te levantas cuando quieres y te pones de mal humor cuando quieres, que también es un lujo.

Lo malo es que nadie te pone la alarma. Y lo peor, que nadie te la quita.

Porque los diez minutos, esos diez minutos, no son un botón. Son un tipo que se sienta en el borde de tu cama todas las mañanas a negociar contigo, y negocia mejor que tú. Te promete que con diez más te levantas nuevo. Te explica que técnicamente aún no llegas tarde. Te hace cuentas, y las cuentas le salen, siempre le salen, porque las hace él. Y tú, que te crees un adulto funcional con obligaciones y un DNI, le compras el argumento a las siete y cuarenta y cinco de la mañana como quien compra un piso sin verlo. Cuarenta minutos después estás en la ducha calculando si se puede desayunar de pie.

Contra ese tío no se gana solo. Te lo dice alguien que lleva años perdiendo.

Hasta que compartes cama y el reloj deja de ser tuyo, y ahí la cosa cambia entera. Déjame que te cuente.

Las siete y cuarenta y cinco. Y suena una sola alarma.

Lo aclaro porque es la parte que no le cuadra a nadie: cuando he tenido pareja, ella ha acabado aceptando sincronizar los relojes y usar el mío. No porque yo tenga un poder de convicción tremendo, sino porque el suyo sonaba con una melodía de pajaritos al amanecer que me daban ganas de escopeta. Una alarma, un horario, un bando. Se acabó la guerra de trincheras a las seis y media.

Y a partir de ahí siempre pasa lo mismo.

Me levanto primero. Me inclino sobre ella para regalarle un beso en la frente, con cuidado de no despertarla del todo, y salgo de la cama llevándome la imagen de esa mujer arropándose cinco minutos más entre unas sábanas que siguen calentitas por las travesuras de la noche.

Al cabo de diez aparece en el baño mientras me afeito, con la cara de dormida más bonita del mundo (sí, ya sé cómo suena, sigue leyendo), y decide devolverme el beso en la mejilla. Se mancha los labios de espuma de afeitar.

Ahí sonrío.

Se sienta y le limpio con el pulgar lo que le queda en la comisura, guiándome por la autopista de su sonrisa. Vuelvo a lo mío. Ella se levanta, se desnuda, y antes de meterse en la ducha viene por detrás, me rodea con los brazos, aprieta fuerte y suelta sus primeras palabras del día.

—Buenos días.

Le cojo la mano, la miro a través del espejo y se los devuelvo.

Eso es lo que a Pamela le faltaba esa mañana, y no era una alarma mejor. Ninguna alarma se gira en la cama para mirarte. Ninguna aguanta la negociación de los diez minutos por ti ni te la gana. Ninguna te da los buenos días con la boca manchada de espuma de afeitar y luego se mete en la ducha dejándote sonriendo delante de un espejo como un idiota.

Así que despierta a quien duerma contigo como si te fuera algo en ello, porque te va.

Lo demás te lo cuento otro día. O no.

Jack Gable
Jack Gable
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