Si quiero
Antes te casabas por amor, aunque fuera con un arito de cebolla. Hoy la boda es Instagram con catering. Opinión de alguien que no quiere casarse.

Yo no quiero casarme, nunca he querido y a estas alturas dudo que me dé el arrebato, pero da la casualidad de que llevo años trabajando en sitios donde la gente se casa, que he visto más bodas que la mayoría de curas y que casi ninguna me ha pillado de invitado. Las he visto desde la esquina, que es desde donde mejor se ve todo. Y desde esa esquina he visto bodas preciosas, de esas que te reconcilian con la humanidad, y he visto espectáculos lamentables, ostentosos y ridículos disfrazados de amor eterno. Lo curioso es que las que más me han enseñado no son las que vi trabajando, sino las que me llegaron a casa.
La primera ni siquiera la vi. Hace un tiempo me llegó una invitación de boda de un tío al que no veía desde hacía siete años. Siete. Ni un café, ni un cómo estás, ni un mensaje el día de mi cumpleaños de esos que te manda el móvil solo. Nada. Y de golpe, hola, me caso, aquí tienes el número de cuenta. Te juro que lo leí dos veces por si me había perdido algo en medio, algo así como «te echo de menos» o «me gustaría verte», pero no, ahí estaba el número de cuenta, tan limpio, tan bien centrado en la tarjeta. Yo no sé nada de ti, no sé si tienes hijos y, si los tienes, no los conozco, no tengo ni puta idea de quién eres ya… pero te acuerdas de mí para que te patrocine la boda.
No fui. Que no te sorprenda.
Lo que sí me sorprendió es que, unos meses después, me tocara estar al otro lado de esa misma tarjeta. La chica con la que salía entonces tenía una boda y me pidió que fuera de acompañante, no le dices que no a eso, así que me puse la camisa buena y allí me planté. Todo demasiado, todo en grande, todo carísimo. Estaba la familia, estaban los amigos de la pareja, esos se notaban a la legua, y luego estaba lo que yo llamo los patrocinadores: gente de relleno para que la foto del banquete saliera llena. Esa mesa me tocó a mí, y aquello parecía la sala de espera de un dentista. Le pregunté al de mi derecha de qué conocía al novio y me dijo que del cole, y que quedaban poco, de hecho le sorprendió que lo llamara el novio para la boda, le hizo mucha ilusión dijo. La de la izquierda conocía a la novia porque la había invitado a la suya. Así, tal cual, sin más explicación, como quien devuelve un táper. La chica con la que fui, pues me enteré allí de que la que se casaba era su «coach de vida», a la que le pagaba una insultante cantidad de dinero al mes. Conté, por lo bajo, treinta personas que estábamos allí por lo mismo: por compromiso, por no quedar mal, por rellenar una silla que costaba lo que cuesta un fin de semana en Bali, ese destino que ahora todos eligen y que casi siempre acaban pagando los papás. Y en el centro de todo aquello, dos personas que se juraban amor delante de una sala llena de desconocidos con corbata.
Fue en esa mesa, entre el entrante y el primero, donde entendí qué era lo que me molestaba de las dos bodas, la que no vi y la que sí. No era el dinero. Era para quién se casaban.
Antes la boda era el final de algo, el diploma, el magna cum laude de una relación. Te casabas porque os queríais tanto que no cabía otra cosa, y si había pasta se hacía con todos los lujos del mundo y si no la había te ponían un arito de cebolla en el dedo y nadie salía perjudicado, porque lo importante no era el anillo, era que esa persona te había elegido a ti. Hoy es al revés. Hoy la boda no es lo que pasa cuando te quieres mucho, es lo que pasa cuando te toca. Se casa la gente para que los vean, para que quede constancia, para tener por fin ese día en el que ella se siente la influencer que no es y él se siente lo que le digan que se sienta. Es Instagram a la máxima potencia, con catering.
(Y aquí, antes de que te pongas a la defensiva, ya sé que tú te casaste con treinta invitados y fue precioso. Hablo en general. Hay gente que se gasta una millonada, lo hace bien y son felices como perdices, no digo que no. Pero si esto fuera la excepción y no la norma no habría tantos divorcios, y si tienes que enfadarte con un tío que escribe en un blog por decir esto…)
Porque lo que veo, y lo veo mucho, es gente en un triatlón de objetivos. Pistoletazo de salida, a correr, salen disparados marcando casillas de una lista que nadie recuerda haber escrito. Conocer a alguien, check. Irse a vivir juntos, check. Boda, check. Dos niños, check y check, y si pueden ser la parejita mejor, que es lo que se estila ahora en redes. Y todo eso en dos años, tres como máximo si llega, porque el tres ya es el del divorcio. Sin haber comprobado en ningún momento si con quien estás rellenando casillas es la persona que amas, porque eso no está en la lista. Lo que está en la lista es marcarla. Y así te vas encontrando gente que está al lado de alguien a quien nunca se ha parado a conocer, no porque no pudiera, sino porque estaba pendiente de su maldito crucigrama, y que un día suelta la frase estrella de todo divorcio: es que has cambiado, tú antes no eras así. No, cariño. Es que ahora, cuando ya has rellenado toda la lista y no te queda ninguna casilla, es cuando por fin te ha tocado conocer a tu pareja. Y la que conoces de verdad no te gusta, porque nunca la amaste, solo fuiste tachando lo que te decía Instagram, TikTok, o la gurú de turno, que tenías que tachar.
Y con la lista completa llega el crédito. Y no el del dinero, que sí, la gente pide créditos para casarse. Créditos. Para una fiesta. Me refiero al otro crédito, el de tu vida, tu tiempo, el de ti.
Una de las cosas que más me jode de todo esto no es el dinero, es escucharles después. Cuando mis amigos hablan de su boda, los de verdad, los que se casaron porque no cabía otra cosa, te hablan de lo que sintieron. Una se acuerda de su madre que ya no está y no pudo verla lo guapa que estaba de blanco el día de su boda (y lo estaba de verdad, aunque mi amigo más). Otros se echan a llorar cuando ven entrar a su hermana acompañada de su padre. Y siempre, siempre, lo que más ilusión les hizo fue lo que menos dinero costó. Pero luego estás en un grupo donde alguien te cuenta la suya y todo es el DJ que contratamos, el fotógrafo que vino, el ministro que se sentó en la mesa presidencial, lo que valía el menú. Nadie sintió nada. Solo tenían cosas. Y la comparaban con otra de alguien que nadie conoce, pero fue, por mucho, mil veces mejor. Y te lo digo porque lo escuché con mis ojos y lo vi con mis oídos, he sido testigo de bodas jodidamente pobres y bodas jodidamente caras, y pueden ser exactamente iguales. De vacías o de llenas.
De las llenas hay una que me llevo a la tumba, y no por lo que te imaginas, porque no fue la boda más bonita del mundo ni la que el mundo va a recordar. Fue la más bonita para mí, y lo fue por el regalo. Solo que el regalo lo tenía que llevar yo y me lo dieron ellos.
Se casaba un colega, un colega de los de verdad, y yo pegué la mayor cagada de mi vida. No tengo excusa, ni una, ni voy a inventármela ahora: se me olvidó. Me fui a trabajar, plegué, me fui a cenar tranquilamente y a las diez de la noche me sonó el móvil. Me llamó otro buen amigo, que me conoce mejor que mis padres, y por eso el mensaje solo podía ser suyo. «Tío, ¿dónde estás?» La boda había empezado a las seis y media. Iban por el segundo plato. Llegué saltándome todas las normas de circulación, si podía arañarle a la carretera un minuto más para compensar cada segundo tarde, me sabría menos mal.
Llegué, con la cara que te puedes imaginar, con cuatro multas, ocho puntos menos en el carnet, sin regalo, sin nada, esperando la bronca que más me he merecido de mi vida, y lo único que me preguntaron los dos, fue si había comido. En el día más importante de sus vidas, con uno de los mayores errores que se le pueden hacer a un amigo encima de la mesa, me preguntaron si había comido. Le dije la verdad, que soy un anormal, y él me dijo que me sentara. Ya está. Ahí estaba todo. Me pasé la noche hablando con esa gente y pensando que ojalá algún día todos tengáis amigos así. Y si no, es mi culpa, toda la gente bonita me la he quedado yo, no os voy a pedir perdón por eso.
Fue en esa mesa, y no en la del dentista, donde por primera vez en mi vida cambié de opinión sobre algo que pensaba que nadie podría hacerme cambiar: que a lo mejor sí me casaría.
Yo no quiero una boda. Me parece una pérdida de dinero y de tiempo, y no voy a fingir lo contrario a estas alturas del texto. Pero imagínate que a mi lado hay una chica para la que casarse es el sueño de su vida, desde chiquitita, desde que jugaba con los vestidos de su madre. Y que sabe que yo no quiero. No me lo pide, no porque no lo desee, sino porque entiende que ese sueño es suyo y que la pareja no depende de un papel. Somos pareja igual, con las mismas ventajas y los mismos dramas, se case quien se case. Ella lo tiene claro y calla. Pues a esa chica se lo pido yo.
Eso sí lo haría. Pero por esa chica especial, no por una que quiera sentirse especial.
Así que, si en algún mísero momento has querido a alguien lo suficiente para plantearte una boda, por lo menos le debes eso: saber por cuál de las dos te casas.
Yo, mientras, sigo en mi esquina. Con un arito de cebolla en el bolsillo, por si acaso.



