Christian Grey es Iron Man
Escribo romántica, la vendo, y si algún día vivo de algo que no sea madrugar será de que alguien pague por leer historias de gente que se enamora. O sea que si esta opinión huele a mordida en la mano que me da de comer, tenéis toda la razón.

Cada vez cuesta más encontrar a alguien con quien se pueda debatir, y no lo digo como quejica de barra de bar sino como constatación de alguien que lleva años intentándolo sin demasiado éxito: la gente ya no debate, la gente discute, y no es lo mismo ni de lejos. Debatir es poner una idea encima de la mesa sabiendo que puede volver rota. Discutir es llegar con la posición ya puesta, como quien llega con el abrigo, y esperar sentado a que el otro se canse. Y hoy casi todo el mundo se sienta sin ninguna intención de quitarse el abrigo.
Por eso el otro día salí de una conversación con una sensación rarísima que tardé un buen rato en identificar y que al final resultó ser, sin más, alegría. Una lectora, dos horas hablando de romántica, y no estábamos de acuerdo en prácticamente nada. Ni una sola vez tuvo ella que llamarme machista, ni yo tuve que decirle que tenía el listón donde no llega ni una escalera. Escuchamos los dos, se rebatió, nos reímos, y cada uno se fue a su casa con alguna idea que no traía puesta al llegar.
Que la clonen. En serio, que la clonen ya, que este género necesita muchísimas más mujeres así y bastantes menos hilos de doscientos comentarios.
Lo que viene a continuación salió de ahí, así que empiezo confesando de qué lado del mostrador estoy, porque se entiende mejor sabiendo que yo cobro de esto: escribo romántica, la vendo, y si algún día vivo de algo que no sea madrugar será de que alguien pague por leer historias de gente que se enamora. O sea que si esto huele a mordida en la mano que me da de comer, tenéis toda la razón, y aun así lo voy a escribir.
Porque hay algo que le dije aquella tarde, que ella no me compró del todo, y que yo llevo desde entonces sin poder quitarme de encima: el doble rasero.
Y he visto a mujeres muy inteligentes salir de una película de superhéroes diciendo que es ridícula, que es infantil, que menuda tontería un tío con un traje volando por Nueva York. Y tienen razón, oye. Es ridícula. Lo que pasa es que después esa misma persona se mete en la cama con una novela cuya premisa es la siguiente, y quiero que la leáis en frío, sin la portada bonita y sin la música:
Un hombre de treinta y dos años que ya es dueño de una multinacional, cosa que no ha conseguido nadie en la historia de la economía sin heredarla o sin delinquir.
Un hombre tan jodidamente guapo que la protagonista se olvida de cómo se respira cada vez que entra en una habitación, y que además va vestido con una precisión que en la vida real solo alcanzan los maniquíes y los estafadores.
Un hombre que podría irse con cualquiera, con doscientas cualquiera, con una fila entera de mujeres que son literalmente una fantasía, y que sin embargo elige a la única que le contesta mal.
Un hombre perfecto tan perfecto, y que solo tiene una debilidad. Una. Y esa una sois vosotras.
Eso es Los Vengadores. Es exactamente Los Vengadores, con menos explosiones y más tensión sexual, y me parece igual de legítimo, que quede claro, pero no me digáis que lo del traje volador es infantil mientras os tragáis que un multimillonario se enamore de alguien que no le da nada a cambio salvo el privilegio de existir.
Y antes de que se me venga arriba nadie: ellos hacen lo mismo, solo que sin admitir que están leyendo ficción. Ellos se han criado con el tipo solitario, de pocas palabras, que salva el mundo entero y encima se lleva a la chica, que no llora, que no pide ayuda y que a nadie tiene que explicarle nada. Se ríen de la romántica en voz alta y llevan la misma fantasía puesta desde los doce años, solo que la suya venía con pistolas y por eso les parece más seria. No lo es. Es la misma fantasía con otra portada.
Y aquí viene la pregunta que llevo meses haciéndome, que es la única razón por la que estoy escribiendo esto: ¿por qué narices no puede la romántica ser real y seguir siendo buena? ¿Quién decidió que para que una historia queme haga falta que el protagonista sea de titanio?
Os voy a dar mi respuesta, y no me gusta nada: porque lo otro es más fácil de escribir.
Es infinitamente más cómodo poner a un tío perfecto que construir a uno que no lo sea. Un dios de mármol se describe en tres frases y ya lo tenéis funcionando. Una persona de verdad, con sus manías, sus silencios raros, sus días malos y esa forma tan suya de estropear justo lo que más quiere, esa hay que trabajarla trescientas páginas, y encima corres el riesgo de que no guste. La exageración es el atajo. Y yo he cogido ese atajo, que no me pongo aquí la medalla de nadie. Lo que pasa es que cuando alguien decide no cogerlo, la primera pega que le cae es siempre la misma: que al principio el tío parece demasiado perfecto. Pues claro que lo parece. Es que la gente también lo parece los tres primeros días.
Porque lo que falla no es que queramos fantasía. Fantasía queremos todos y menos mal. Lo que falla es la prisa.
Y perdonad que me ponga bruto, pero es que no hay otra manera de explicarlo. La tensión funciona igual que el sexo: lo bueno no es llegar. Lo bueno es el rato de antes, la mano que baja despacio, los dos sabiendo perfectamente adónde va esto y ninguno diciéndolo en voz alta, el momento en que ya está decidido pero todavía no ha pasado. Si vais directos al final os habéis saltado justo la parte que valía la pena. Pues la romántica de hoy quiere el final en la página tres, exige que el protagonista lo enseñe todo en el capítulo uno, y después se queja de que no ha sentido nada. Normal que no sintáis nada. Habéis pedido el postre antes de sentaros.
Y de ahí venimos a parar donde estamos todos, con esa lista de la compra sentimental que da entre risa y vergüenza, en la que hace falta que alguien nos mire como si acabáramos de aparecer, que adivine lo que nos pasa sin explicárselo, que tenga la pasión del primer mes y la calma del séptimo año, que gane como un directivo y tenga la agenda de un jubilado. Dos personas distintas metidas en un cuerpo. Y encima que ese cuerpo esté bueno.
Aquí ya no me hace gracia, porque lo que se pierde por el camino no la tiene. Se pierde gente buena. Se pierden historias que iban a funcionar y que alguien cortó en el minuto dos porque no venían con banda sonora, y las personas que las cortaron no son idiotas ni superficiales: son gente a la que le han contado tantas veces cómo se supone que tiene que sentirse el amor que ya no lo reconocen cuando lo tienen delante en chándal y sin frase preparada.
Así que leed romántica. Leedla toda, devoradla, subrayadla, llorad con ella a las dos de la mañana y volved al día siguiente a por más, que para eso está y para eso la escribimos algunos. Pero dadle a la historia el mismo tiempo que le exigís a una persona antes de decidir si vale la pena. Dejad que el tío tarde en enseñar la grieta. Y si un día encontráis una novela donde el protagonista sea un desastre normal y aun así os queme, no la cerréis en el capítulo dos.
Esa es la difícil. Esa es la que casi nadie se atreve a escribir.



